Durante los paseos sentaros en una terracita a tomaros un café. O algo.

También puedes sentarte en un banco de un parque, en un tronco en medio del bosque o en la orilla de la playa. Pero una terracita siempre aporta movimiento a vuestro alrededor como reto y, sobretodo, sabrosos líquidos con cafeína que no encontrarás en otros escenarios.

Tomaros un cuarto de hora, como mínimo, para estar sentados y tranquilos. En calma. Lo realmente importante de esta rutina es que tú decidas cuando acampáis y cuándo reemprendéis la marcha.

No te debería importar que la terracita esté llena o incluso haya otros perros. Si estás evitando esa situación es porque no confías ni en tu amigo ni en ti. Trabajar juntos.

Durante el tiempo que estéis aparcaos, tu perro debe estar relajado y tranquilo. Igual que tú. Si no es así, ayúdale a llegar a ese estado. Corrígele las veces que hagan falta, no decaigas. No dejes que huela el suelo ni a los viandantes cercanos, ni que apoye la cabeza en la mesa, ni mucho menos que se suba a ella. Consigue que se siente o, mejor aún, que se tumbe a tu lado.

No reemprendas la marcha en un momento en el que tu amigo esté ansioso por moverse. Hazlo siempre cuando tu perro esté mínimamente tranquilo. Y acuérdate de pagar antes de irte.

Si tu amigo de cuatro patas no te deja estar tranquilo mientras te tomas tu refrigerio habitual no te disgustes, empieza con paradas de pocos minutos y, día a día, ir alargándolas, corrigiéndole las veces que hagan falta con toda la paciencia del mundo.

En no muchos cafés o refrescos con cafeína tu amigo habrá aprendido que tú decides cuándo avanzáis y cuándo paráis, reforzando tu posición de liderazgo frente a él.