La educación canina en positivo se basa en premiar las buenas acciones de tu amigo de cuatro patas para que tenga un recuerdo agradable de la situación y la decisión tomada, y evitar castigos físicos o intimidatorios cuando tu perro haga algo que consideras incorrecto.

Recompensarle en el momento adecuado es importante y no es tan obvio como puede parecer. Tienes que saber interpretar bien su actitud, sus intenciones, su postura corporal. La posición de sus patas y la cola, la inclinación de sus orejas y, sobretodo, su mirada. Y esto solo se consigue observándole cuando tratas con él. Conociéndole como haces con las personas.

Cuando te veas obligado a corregirle alguna conducta inadecuada, evita los efectos negativos del adiestramiento “tradicional”. No uses collares de ahogo ni de castigo; no uses la correa como herramienta para corregirle a base de tirones, úsala solo como medida de seguridad y únicamente cuando el escenario la requiera; no caigas en el recurso fácil del castigo físico a mano abierta que popularizó Bud Spencer, ni le hagas la sillita eléctrica ni el abrazo del oso. Tampoco hace falta que te pongas nervioso ni lo exteriorices gritando. Tu baile de sambito solo provocará más nervios e inseguridad en tu amigo.

Para corregirle mantén un semblante serio y firme, enfádate por dentro, no verbalices tu mosqueo, reclama su atención chasqueando los dedos, dando alguna palmada o soltando algún rebuzno (“eh!”, “shhh!”), enfatízalo en función de la gravedad de los hechos o de la situación, pero no le hables y menos le grites, y hazlo siempre igual.

Una vez tengas toda su atención, inclínate sutilmente hacia él, mírale a los ojos, que todo tu enfado salga de tu mirada, para acabar pidiéndole con las manos que se acerque a tu lado o pare de hacer lo que esté haciendo. Una vez a tu vera, recompénsale con carantoñas y algo de picar que previamente le hayas dejado oler. Hazlo todo muy lento y tranquilo por muy disgustado que estés.

En casos más peliagudos, por ejemplo, cuando empiezas la convivencia con un perro que viene de ser líder de manada, que tu amigo viene con sus propias normas y creencias debajo del brazo y no ve en ti (aún) un referente, sino un igual (en el mejor de los casos), tendrás que reforzar tu posición ante él usando todo tu cuerpo, sobretodo las piernas y el tronco.

En el momento en el que ignore completamente lo que le has pedido ya en unas cuantas ocasiones, acércate a él en modo acecho, a paso ligero, como si fueras un depredador acercándote a su presa camuflado en la maleza. Con las piernas entre dobladas, el tronco inclinado notablemente hacia adelante y, cuando estés junto a él, bloquéale, no dejes que avance hacia donde haya decidido ir, sin tocarle, como si fueras un híbrido de jugador de baloncesto defendiendo y un perro pastor controlando a sus ovejas. Aguanta los recortes y las bicicletas que te pueda hacer de un lado para el otro y, para impedir que avance, enfoca hacia él tus rodillas.

Debes conseguir que se acabe quedando quieto aunque sea por desgaste. Igual en las primeras ocasiones tienes que soltar algún mordisco (recuerda que estamos hablando de un perro dominante). Una vez esté tranquilo y quieto, pasados unos segundos largos, déjale oler ese bocadito de pollo que tienes en tu mano. Que se centre en ti y reemprender la marcha. En el momento que te siga, mientras camináis, déjaselo probar.

Recuerda que tu amigo de cuatro patas tiene la última palabra y es quién decidirá si te hace caso o no en cada ocasión. Y no tiene porque hacértelo, ni a la primera, ni a la segunda, ni a la tercera. Dependerá de su estado en ese momento, de su personalidad y de la confianza y respeto jerárquico que te pueda tener. Así que procura ser convincente y constante, trabaja día a día para que acabe creyendo siempre en ti, por los buenos momentos que le haces pasar cuando confía en lo que le pides.

La frecuencia del comportamiento depende de lo que ocurra justo después. Si es placentero, el comportamiento incrementará su frecuencia.

Edward L. Thorndike, psicólogo estadounidense–