• 18 noviembre, 2015

Dalia era la típica perra de raza pequeña consentida, sin disciplina, sin normas, y eso la llevó ha crear sus reglas y creerse la dueña del hogar. Juguetes, sofá, cama e incluso se sentía dueña de su propia propietaria.

No podías acercarte a nada que ella considerase suyo en su presencia y, si lo hacías, ladraba y gruñía como si no hubiera un mañana. Si te acercabas mucho, en algunas ocasiones, incluso te plantaba cara mostrándote su magnífica dentadura mientras gruñía como un Gremlin malo.

Cualquier ruido ajeno al hogar era motivo de ladrido para ahuyentar a los presuntos intrusos. Ladridos agudos que molestaban tanto a su familia/manada como a los vecinos cercanos. Sobretodo bien entrada la noche.

Además de ser poco sociable con otros perros por tener un cargo con mucha responsabilidad en su manada, durante los paseos tiraba de la correa como si llevara un trineo a sus espaldas hasta el punto de tener dificultades para respirar con normalidad.

El resultado

Costó 1 mes largo arrebatarle el hogar reclamándolo con tranquilidad, firmeza y constancia; y hacerle entender que su propietaria es la líder de la manada, que es ella quién se encarga de dirigir y controlar el bienestar del grupo.

En consecuencia, Dalia ha dejado de estar siempre en alerta controlándolo todo y de ladrar por cualquier ruido ajeno al hogar provocado por los vecinos y, durante los paseos, ha aprendido a seguir el ritmo de su propietaria.