• 18 noviembre, 2015

Dana empezó a convivir conmigo a sus 9 años de edad a causa de la dedicación que requerían las curas de una infección en el oído. Venía de un entorno en el que competía con otra hembra por el territorio y su liderazgo.

Además de territorial, era muy poco sociable. En los paseos se ponía muy agresiva cuando nos cruzábamos con otros perros, había que sujetar bien la correa y el resultado eran situaciones muy incómodas.

Me costó unos tres meses corregirla y tener total confianza en ella –confianza que me devolvió con creces–.  Durante este tiempo trabajamos, con más o menos acierto, varios ejercicios y rutinas. Sin desistir. Codo con codo. Todos los días. Haciéndolo todo sin prisas, con tranquilidad y firmeza.

El resultado

El resultado fue magia. Durante los paseos Dana te seguía en fila india. Dejó las peleas atrás y pasó a ser sociable con cualquier perro, sin entrar en provocaciones, aprendió simplemente a marcar, a decir “no” en lugar de soltar un mordisco o un gancho de derechas.

Esperaba en la puerta de los comercios locales hasta que finalizaras las compras, pasara lo que pasara y le dijeran lo que le dijeran. No ladraba nunca sino era por juegos. Los paseos se convirtieron en algo muy gratificante. Más un largo etcétera de comportamientos que facilitaron mucho la convivencia con ella.