• 18 noviembre, 2015

Sort y Dana vivían en un entorno donde competían por el liderazgo territorial y donde la única solución de los propietarios para que no se pelearan era usar barreras arquitectónicas en el hogar y así evitar encontronazos.

Después de convivir unos meses con Dana y ganarnos la confianza mutuamente, acogimos durante una semana a su archienemiga, Sort, y a su inseparable seguidor, Max.

Al cambiar el escenario de sus enganchadas anteriores y mi continua presencia, su comportamiento ya empezó a cambiar. Incluso en alguna ocasión aposté por dejarlas solas en casa, tenía claro que ambas sabían muy bien que en ese escenario, mi hogar, dirigía yo el cotarro.

No se caían bien, se echaban alguna que otra miradita, pero sabían mantener las distancias y ambas se respetaron bien durante toda la semana sin tener que mediar en ningún momento entre ellas.

Pasada la semana vino su propietaria a verlas, y fue llegar ella para que Sort y Dana se volvieran a enganchar. Pero eso fue lo mejor que nos pudo pasar, ya que nos dieron la oportunidad de corregirlas, de rectificar esta actitud dominante y competitiva y reconducir su relación.

El resultado

Desde ese preciso momento, al reafirmar nuestra posición frente a ellas, Sort y Dana convivieron como compañeras de manada con total normalidad, nunca más volvieron a rivalizar, llegando incluso a realizarse arrumacos y carantoñas.