Cuando se juntan el no saber conducir a tu amigo de cuatro patas y la impaciencia por conseguirlo, el resultado te lleva a sentirte impotente, frustrado, nervioso y acabas usando la violencia para corregirle. Grave error.

He de reconocer que a mi también me pasó. En la adolescencia. Con el primer perro con el que conviví. Todos damos por hecho que sabemos de serie cómo tratar con un animal de otra especie (somos así de listos) y sino hace lo que queremos acabamos desesperando y le damos un golpe como toque de atención sacando nuestro lado más déspota. Es mal.

Con los primeros golpes que le des le desconcertarás, él no se espera eso de un amigo, en su mundo eso no existe; si sigues por ese camino le empezarás a provocar miedo (¡miedo!), pero con el tiempo se cansará de tu comportamiento beligerante y te empezará a plantar cara y a encabronarse con cualquiera que se cruce.

El miedo es el camino hacia el lado oscuro. El miedo lleva a la ira, la ira lleva al odio, el odio lleva al sufrimiento.

Yoda, jedi–

El otro día acompañé a mi sobrino de 11 años y a su dogo de 1 y medio a estirar las patas. El dogo ha sido adiestrado desde cachorro –sí, he dicho adiestrado, no educado– y al sobrino le han formado para conducirlo. Ya para empezar, me fijé que llevaba un collar para producir descargas con un control remoto y de esta manera poder corregirle. Lo probó antes de salir para confirmar que funcionaba. Por suerte no tenía pilas. Es un recurso que solo entiendo para casos de comportamientos muy extremos. Y este os aseguro que no lo es.

Viéndoles caminar juntos parecía que no les iba mal, incluso me dio la sensación de que se entendían bien por momentos. Pero la verdad es que el sobrino fue todo el camino quejándose de que su amigo estiraba mucho, dándole siempre y repetidamente la orden verbalizada de que se pusiera a su lado, ¡cuando ya iba a su lado!

Le pedí que me dejara conducir al dogo durante unos minutos para ver que se sentía. Y sí, evidentemente es un perro fuerte que si hubiera nacido persona se habría dedicado al baloncesto o al fútbol americano, pero no estiraba de la correa. Caminaba a tu lado, con intensidad, pero a tu lado.

Hubo un momento en el que se intentó avanzar a nosotros. Una cosa normal. Porque algo le llamó la atención, porque tampoco quema toda la energía que debiera, por lo que fuera, y al hacerle el gesto de stop levantando la mano, puso la mejilla y cerró los ojos. Tate, no vamos bien. Tu amigo está relacionando tu mano con dolor físico y no con una señal parte de un diálogo.

Al volverlo a conducir el sobrino, ya cansado, frustrado y con el depósito de paciencia casi vacío, me lo confirmó. Empecé a ver las muestras de intimidación por su parte, las patadas en el morro, los golpes de correa, las charlas y los gritos. Todo producto de los nervios. El adiestrador al que han acudido le ha enseñado a dar órdenes, pero no ha hacerlo en el estado adecuado, que es lo que realmente importa.