La leyenda cuenta que los perros han estudiado en la Universidad de Massachusetts la carrera de filología y entienden nuestro idioma. Nada más lejos de la realidad. Tu perro no entiende ni el castellano, ni el catalán, ni el inglés, ni el manchego. Siento ser yo quién te lo diga.

Me he encontrado propietarios que admiran la inteligencia de su amigo de cuatro patas porque piensan que cuando les hablan estos analizan y extraen el sujeto, el predicado, nombre, adjetivo y verbo de lo que le han dicho. No salen de su asombro de cómo un animal al que ellos consideraban bobo pueda entenderles. Y te lo dicen con ese brillo en los ojos que te sabe mal explicarles la dura y cruda realidad. Tu perro no te entiende cuando le hablas. Pero ni papa.

El otro día le dije a mi perro “Paquito sal al balcón cinco minutos y no me pises lo fregado que se quedan todas las huellas marcadas” y me hizo caso. ¿Es listo o no, eh, eeh, EH, EEH? Es que parece mentira que me entienda tan bien. Es superinteligente.

Propietario anónimo

No se dan cuenta de que su peludo amigo de cuatro patas entiende de gesticulación corporal, de tono de voz y de rutinas, pero no de idiomas. Y lo peor de todo es que, al verbalizar las órdenes, no explotan todo el potencial que tiene su relación perro–humano, humano–perro.

Después están los que reafirman que su perro sí entiende el idioma. Que le dan la orden de sentarse y se sienta. Que le dicen No para corregirle y funciona. Que lo llaman por su nombre y viene. Que sí, que palabras y ruidos cortos saben asociarlos a acciones (aplausos).

Pero a nosotros nos pierde la boca. Pocas veces le diremos “Siéntante” reforzado con un gesto corporal o un tono de voz adecuado. Normalmente acabamos en un “Siéntate, siéntate siéntate, siéntate, siéntate…” para pedirle que se siente. O el “No no, no, no no. No no no–no–no” para corregirle. O el “Paquito, Paquito Paquito, Paquito Paquito Paquito!” para llamarle. Además de ir alternando el tono de voz en cada repetición. Desde un tono caramelizado a un tono de Pitufo gruñón. No nos damos cuenta, pero nos acabamos comportando así. Hacer la prueba, grabaros.

Habla con tu perro de la actualidad política o deportiva. De la programación de la televisión. Del tiempo que hace hoy. Pero cuando quieras comunicarte con él, pedirle que haga algo, corregirle o llamarle, te recomiendo efusivamente que uses un sonido para reclamar su atención (un chasquido de dedos es bien) y, una vez esté centrado en ti, gesticules la acción, la corrección o la llamada con las que te sientas más cómodo. Deja que tu cuerpo hable. Saca el mimo que llevas dentro.

Te harás entender mejor y a consecuencia tu amigo creerá más en ti. Podrás conducir a tu perro en localizaciones silenciosos sin molestar a nadie. Y parecerás un Jedi manipulando a tu perro con la fuerza o un director de orquesta agitando la batuta. Lo que te guste más. Todo son ventajas, oiga.