Algunos propietarios sueltan la correa de su perro sin importarles si su amigo puede molestar a alguien con actitudes incívicas. A otros les da miedo soltar la correa de su perro porque piensan que su amigo va a salir corriendo y lo van a perder. Ni tanto ni tan poco.

En cualquier población que se precie, por ley, los perros deben ir siempre asegurados con la correa. Sí o sí. Así que si sueltas la correa de tu perro en la vía pública es siempre bajo tu responsabilidad y deberás asumir las consecuencias.

Que tu amigo de cuatro patas no huya ni lo vayas a extraviar si sueltas la correa, ya que va a estar pendiente de no perderte de vista, esté a mayor o menor distancia de ti (te lo aseguro), no quiere decir que lo debas o lo puedas soltar. Para ir con tu perro sin correa vas a tener que ganarte su confianza, su respeto jerárquico y estar muy atento de él. No vale el suelto la correa y me desentiendo.

Enséñale a estar civilizadamente con la correa y, cuándo lo hayáis conseguido, entonces sí, corta el cordón umbilical.

Usa la correa solo para limitar la distancia máxima a la que le permites estar de ti y como medida de seguridad para que tu amigo no pueda molestar a nadie. No la uses como herramienta correctora. Procura no tensarla ni dar tirones para rectificar a tu amigo. Mejor usa tu cuerpo, sobretodo tus piernas bien firmes. Es muy importante tu posición referente a él. Procura estar siempre delante o, a malas, a su lado.

Recompénsale periódicamente cuando esté cerca de ti sin tensar la correa. Procura llevar siempre golosinas en los bolsillos. Debes conseguir que cada vez que te metas la mano en el bolsillo centre toda su atención en ti. Aunque sea porque tienes frío.

Cuando vayáis caminando practicar las paradiñas. Provoca un sonido para llamar su atención (un chasquido, una onomatopeya, …) y, una vez que tengas su atención, mirándole a los ojos gesticula con las manos la señal de stop con la que te sientas más cómodo. Hazlo siempre. En todos los pasos de zebra. En todos los cruces de camino. Y en algunas terracitas con refrescos con sombrilla. Sin excepción. Cuando se pare, esté tranquilo y centrado en ti, vuelve a recompensarle con alguna golosina. Para reemprender la marcha vuelve a realizar una señal.

Deja que se relacione con otros perros. Que se olisqueen, que jueguen. No tenses la correa estirando hacia atrás para impedir que lo haga. Y si tienes que impedirlo (porque el otro perro tiene mal carácter, porque estáis trabajando un ejercicio, porque vais con prisas, etc.), en lugar de estirar de la correa, posiciónate entre tu perro y el otro can y usa tus piernas para reconducirlo.

Con todo este trabajo a vuestras espaldas, llegará el día en el que verás en sus ojos y en vuestras experiencias previas con la correa que puedes empezar a confiar en él. Porque siempre responde a tu llamada. Porque te sigue como si fueras su guía turístico. Porque te mira para pedirte consentimiento cuando quiere hacer algo o conocer a alguien. Ese día tira de instinto, suelta la correa, confía en él, apuesta por tu amigo.

Soltar la correa, insisto, no es desentenderse y confiar en que tu perro lo va ha hacer todo bien y tomará siempre la decisión más acertada. Todo lo contrario, tendrás que estar más pendiente de él. Tu amigo de cuatro patas también se equivoca. Igual que tú. A partir de ahora estate siempre atento a él. Oriéntalo en todo momento. Debes ser su guía, su pastor, su referente, su persona de confianza. Su líder.